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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2004.
Siempre he pensado que lo más difícil es comenzar. Tomar la decisión de hacer algo es una cosa, hacerlo de verdad, es otra. Esta tarde he leido un artículo en El País Semanal sobre weblogs. No me ha costado mucho hacer esta página. En esta ocasión, el primer paso ha sido sencillo. El único problema es que el primer paso conlleva el último... y todos los que llevan de uno al otro.
Son estos pasos los que me preocupan. Proyectos, ideas y propósitos para rellenar este diario cibernético no me faltan. Sólo espero tener constancia para hacerlos realidad. Y hacerlos bien.
¿Quiénes serán mis lectores? ¿Cuál es el futuro de este rincón de la red? Es como lanzar una botella con un mensaje al mar. Soy un náufrago en las autopistas de la información... Curioso. Mi amigo Jotas creo la página web TodoRelativo (ya no está operativa) y puso en marcha un taller de escritura virtual, que sigue vivo y con muy buena salud. Llevo varios meses participando en cada convocatoria, con mayor o menor fortuna. Éste es el relato del que, hasta la fecha, estoy más orgulloso. Lo que más me sorprende es que lo escribí, prácticamente, de un tirón. ¿Será verdad lo que cuentan de la inspiración?
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DOS, TRES O MÁS PASOS EN FALSO
La sala de espera de la estación de tren, pequeña, vacía y sucia, estaba mal iluminada por unos temblorosos tubos fluorescentes. Con cuarenta años que parecían cincuenta, abrigo y maleta, el hombre esperaba sentado en uno de los asientos de plástico gastado que jalonaban las paredes acristaladas de la habitación. Tras las ventanas, el andén estaba desierto y oscuro. El hombre no hacía nada, ni leía, ni fumaba, ni sonreía. Sólo esperaba.
Una mujer de unos treinta y cinco años, guapa, intensamente guapa, entró en la sala. Parecía agitada, como si hubiera hecho una larga carrera hasta allí. La mujer miró al hombre y éste le devolvió la mirada. Sus ojos no expresaban emoción alguna. Ella, sin embargo, parecía nerviosa y asustada, pero también aliviada. Incluso contenta. Pero de una manera muy sutil. Lentamente, Adela atravesó la sala y se sentó junto al hombre. Ambos permanecieron en silencio durante largos segundos.
-Te he encontrado, dijo ella. -No deberías haberlo hecho.
Él seguía sin manifestar ninguna emoción. Ella volvió a quedarse en silencio durante unos segundos. Se fijó en la maleta que el hombre tenía frente a sí, sobre el suelo de baldosa.
-No te has llevado tus libros. -No los quiero. Quédatelos. -Yo tampoco los quiero. -Pues tíralos. O quémalos. Regálalos. O véndelos, lo que más te apetezca. Siempre has hecho lo que más te apetece. -Eso no es verdad. Y tú lo sabes.
Él no respondió. Adela se mantenía tranquila, calmada, dominando el miedo que comenzaba a nacer en su interior. Las respuestas de Diego la sorprendían más que irritaban, Él nunca se había comportado así antes, su talante se había transformado rápidamente en los últimos días, hasta desembocar en esa escapada nocturna. Ella había vuelto a casa y él no estaba. Así de simple. Así de complicado.
-Tampoco te has llevado tus papeles. -Esta conversación nunca debería haber tenido lugar. -No te entiendo. -El tren se ha retrasado. En estos momentos, yo debería estar en mi vagón, y no hablando contigo. No tengo nada que decirte. -¿A dónde vas? -A cualquier sitio, pero lejos de ti.
Él la miro. Ella sintió un escalofrío en el alma. En los ojos de Diego no había nada. Ni amor, ni odio. Sólo vacío. Tuvo ganas de gritar, pero se contuvo. Ella era fuerte, inteligente, no tenía miedo. Había sabido penetrar el muro en el que Diego se protegía, aquel falso disfraz de escritor maldito. Ahora también lo conseguiría.
-He estado mirando tus papeles. Has terminado la novela. La he leído. Es tu mejor obra. -Te equivocas. No es mi mejor obra. Ni siquiera es mía, es tuya. -Mía. -No soy yo quien ha escrito eso, yo no soy así. Yo no soy el que me has hecho ser. Por eso me voy.
Diego hablaba con firmeza, seguro de sí mismo. No le importaba hacer daño a Adela. Quería hacerle daño. Aquel fastidioso tren retrasado le regalaba la oportunidad de vengarse. Aunque ella no lo mereciera. Aunque después sintiese tanto asco que no pudiera reprimir las ganas de vomitar.
-Entraste en mi vida sin que yo te lo pidiera. Te instalaste en mi casa como un ángel salvador. Te diste para rescatarme. Y lo conseguiste, me rescataste, ¿para qué? -¿No has sido feliz? -¿Tú lo has sido? -Yo he sido feliz, y sé que sabido hacerte feliz. Es más, sé que lo has sido. -Nunca lo negaré. He sido feliz a tu lado. Podría seguir siendo feliz a tu lado. Pero no quiero. -Sé que volverás. -No sé adonde voy ni qué haré. Pero si sé que no volveré.
Un tren se acercaba a la estación.
-Me iré contigo, te seguiré, me pegaré a ti. -Y yo me iré, siempre me iré.
El tren estaba cada vez más cerca.
-Entonces me tiraré a las vías, sabes que soy capaz.
Adela se levantó y echó a correr hacia la puerta. Esperaba sentir la mano de Diego en su brazo, agarrándola con fuerza. Pero la mano no llegó. Adela se detuvo en el umbral. El tren atravesó la estación como un ruidoso y veloz haz de luz. Adela se volvió: Diego se había levantado del asiento y la miraba, quizás con desprecio, quizás con odio.
-Sabía que no lo harías. Nunca soportaste el melodrama.
Adela volvió a sentir ganas de llorar, pero se reprimió. No, aquel hombre no merecía una sola lágrima. Y nunca le perdonaría el haberla llevado a portarse de una forma tan ridícula, tan humillante.
-Yo te amaba, Diego. -Tú me amabas, yo te amaba. Nos queríamos. Pero mataste al escritor. Mi novela no tiene alma, está anestesiada, sepultada de felicidad. -Comprendo. -Yo quiero rescatar al escritor, recuperar mi alma. Aunque me vuelva a perder en el intento.
Adela y Diego se miraron como si nunca se hubieran conocido. No, ya no había amor entre ellos. Diego había conseguido su objetivo, había recuperado su libertad y había liberado a Adela. Por una vez, el escritor maldito tuvo la última palabra.
-Perdóname.
Adela no respondió. Sólo se acercó hasta el hombre por el que había desperdiciado dos años de su vida y le dio un suave beso en la mejilla. Y sin más, se fue. Diego esperó dos horas más, se subió a un tren y no volvió a verla. Adela regresó a casa y rompió en diminutos pedazos cada página de la mejor novela que Diego escribiría nunca. Este año me ha apuntado a un taller de escritura. El eje del curso era el relato breve. Me ha venido muy bien para desengrasarme un poco, porque hacía bastante tiempo que no escribía con regularidad. Todos los años, el taller publica un libro con cuentos de los alumnos, que este año, por ser su undécimo aniversario, tenían que girar en torno al número once (aunque no era obligatorio cumplir este requisito). Éste es el que yo he presentado: mi primera publicación.
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DOCE
Juan sabía que el número once era diferente a todos los demás. Cuando era pequeño, se dio cuenta de que ese número que ya no podía contarse con los dedos de las manos tenía algo de misterioso, de enigmático, de fascinante. En el parvulario siempre contaban hasta diez, y lo mismo hacían en Barrio Sésamo, como si el once fuera una barrera infranqueable, un muro que separaba el mundo de los niños y el de los mayores. Por eso, Juan comenzó a sentirse más responsable, más maduro y hasta más alto, cuando, por fin, en su libro de Matemáticas apareció el número once. Después llegaron el doce, el trece, el catorce, el trescientos quince y unos seguidos de infinidad de ceros, números enteros, cardinales, ordinales e incluso imaginarios, raíces cuadradas y polinomios... Pero ninguno tenía el componente mágico del número once, el primer número de la edad adulta.
Pasaron los años y Juan no se extrañó de que fuera once el día en que dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas. No lo cronometró, pero tampoco le hubiera extrañado que los rascacielos se hubieron desplomado en, exactamente, once segundos. Porque Juan sabía que los acontecimientos fundamentales de la vida nunca tardan más de once segundos en suceder. Nacer, enamorarse, morir, descubrir que los Reyes Magos son los padres, el placer del primer orgasmo, echar demasiada sal a la salsa napolitana, romper aquel juguete que conservábamos desde la infancia o arruinarse en la Bolsa, todo esto ocurría en menos de once segundos, pero sus consecuencias duraban para siempre. Juan sólo admitía una excepción: olvidar. Eso sí que llevaba tiempo, quizás once años u once vidas.
Juan se tenía por un hombre consecuente con sus principios y adoptó la costumbre de contar hasta once cada vez que se encontraba frente a una situación a la que podríamos considerar "clave". Once instantes eran suficiente para tomar la decisión correcta o para que las cosas se solucionaran por sí mismas. Muchas veces le sobraban instantes, pero nunca le faltaron (menos para olvidar, ya lo hemos dicho).
Aquella tarde, Juan sí que tuvo que contar hasta once. Once segundos antes, había abandonado el local una chica con los ojos enrojecidos y ganas de hacerse invisible. Juan la había observado, con demasiado disimulo, mientras tomaba un café con leche condensada, su favorito, en una cafetería del centro de Madrid, su favorita. Ese mismo lugar había escogido un hombre no demasiado listo para dejar a su novia. La ruptura fue seca y demoledora. El hombre se fue con la cabeza bien alta y ella se quedó llorando, silenciosa, dulcemente tímida, casi con vergüenza, mientras en la taza su café se enfriaba. Juan no tardó en sentir que se estaba enamorando de aquellas lágrimas. Por eso, cuando ella se fue, contó hasta once y salió a la calle.
No tardó en descubrirla entre la gente, unos metros por delante de él. Juan la siguió por las calles, manteniendo una distancia más que prudencial. Ella no le vio, pero él no la perdió de vista ni un solo momento. Paso a paso, Juan se daba cuenta de que no sólo estaba enamorado de aquellas lágrimas, sino también de esa melena negra, de esos brazos, de esas piernas, de ese aire de serena melancolía que dejaba a su paso. Cuando ella, finalmente, se sentó en un banco de un parque cubierto de hojas secas, Juan llegó a la conclusión de que esa mujer era la mujer de su vida.
Sí, Juan era un romántico incurable (sólo un romántico es capaz de descubrir magia en donde los demás sólo ven una cifra, un número o un guarismo, según su pedantería). Al día siguiente volvió a sentarse en la misma mesa de la misma cafetería y, como no, pidió su favorito: un café con leche condensada. Ella también estaba allí, en la misma mesa, con el mismo abrigo rojo apoyado en el respaldo de la misma silla, pero esa tarde no había lágrimas. Ella parecía absorta en sus pensamientos, quizás perdida en sus recuerdos, y sólo esbozó una sonrisa, casi imperceptible, en el momento en que se levantó para ponerse su abrigo. Juan contó hasta once y fue tras ella. Volvió a seguirla por las calles, descubriendo nuevos detalles en aquella figura familiar y desconocida. Y como el día anterior, el paseo terminó en un parque de árboles con las ramas desnudas. Con miedo a ser descubierto, y a la vez deseándolo, Juan volvió a su casa.
Este ritual se repitió, invariablemente, durante los días siguientes (¿Cuántos fueron? No lo sabemos, pero a Juan le habría gustado que fueran once). La misma cafetería, la misma mesa, el mismo café con leche condensada, contar hasta once y caminar a través de las mismas calles hasta el mismo banco del mismo parque del mismo otoño. Y allí era donde Juan, quien no sólo era un romántico sino un tímido incurable, ponía fin a esta persecución.
Y así podrían haber seguido durante once días, once semanas, once meses, once años u once siglos. Fue ella la que rompió las reglas del juego. Una tarde, en la cafetería, ella le miró, y durante un fugaz momento, ambos se contemplaron en silencio. Pero, salvo que el corazón de Juan comenzó a latir más deprisa, no pasó nada. Ella se fue, como siempre, y Juan, después de contar hasta once, salió tras ella, como siempre.
El parque dejaba de ser otoñal para convertirse en invernal. Juan, escondido entre los árboles, la observaba. Ella solía permanecer sentada sin hacer otra cosa que contemplar como nadaban los patos en el estanque. Los miraba en silencio, sin moverse, mientras pensaba, recordaba, imaginaba, soñaba o, quizás, esperaba. Pero esa tarde era distinta, esa tarde ella dejó un sobre en el banco y se fue. Juan no sabía que hacer, así que contó hasta once y decidió que la carta era para él. Y en efecto, en el sobre estaba escrito, en letras mayúsculas, "PARA TI". Juan rasgó el papel. Dentro, un único folio. Y en él, una única palabra: "Acércate"
Al día siguiente, Juan se atrevió a obedecer. Recorrió la distancia que le separaba del banco y se sentó junto a ella. Nunca habían estado tan cerca. Sin pensar, sin hablar, mirando sin mirar los patos que chapoteaban frente a él, la cabeza de Juan contó del uno al dos, y del dos al tres, y del tres al cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. Y once. Y entonces se giró hacia la mujer de su vida.
-Doce, dijo ella, mirándole con una sonrisa. Llega un momento en que escribir agota. Estoy haciendo un reportaje sobre la costa de Vizcaya, con lugares que me traen muy buenos recuerdos, como Plentzia, Bermeo o Guernica. Sin embargo, cuando uno lleva horas delante de la pantalla del ordenador, el cerebro parece secarse.
Una de las ideas que tengo de este weblog es convertirlo en un lugar para desahogarme. Escribir cuatro frases sueltas y relajarme un poco. Me imagino que éste el principal problema de todos los trabajos: el desgaste, esta sensación de estar desaprovechando el tiempo, las ganas de levantarse de la silla y salir a la calle para respirar aire fresco. En fin, todo pasa por convertir estos minutos vacíos de contenido en algo provechoso. Leer el periódico, alguna revista, consultar alguna información por Internet... charlar con los compañeros... Hay tantas cosas que hacer.
(Tengo pensado presentar algo para dos concursos de guiones de cortometrajes... ¿seré capaz?)
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