APOCALYPSE NOW
Por lo general, veo el telediario de Antena3. Es muy entretenido. La política se la ventilan en cinco minutos y se centran en lo verdaderamente interesante: catástrofes naturales, horribles crímenes, edificios que se derrumban, imágenes de impacto y noticias absurdas del tipo "encontrada seta de cuatro kilos" o "nace un cordero con seis patas". Además, lo cuentan con un entusiasmo que engancha. Es que se nota que disfrutan con su trabajo...
Pero es que, en el fondo, hay una parte oscura de nuestra alma que disfruta con las noticias catastróficas. Siempre que no toquen cerca... Circulan por la red decenas del mails más o menos graciosos en torno al 11S, pero aun no he visto ninguno sobre el 11M (espero equivocarme).
Se nota en el tratamiento que se hizo de noticias como aquella del "Efecto 2000" o en el que se está haciendo actualmente de la amenaza de la gripe aviar. Se hace hincapié en que podrían morir millones de personas, se maneja la palabra pandemia con alegría, se resalta la escasez de vacunas... Se intenta aparentar que "ojalá no pase nada", pero en el fondo se siente una postura de "ojalá no pase nada... pero si pasa, ¡qué emocionante!". Es como si quisiéramos sentirnos héroes de una película de catástrofes, como si estuviéramos en "Doce monos" o en "El día después de mañana", porque claro, morirán millones de personas por la gripe aviar, pero yo sobreviviré...
¿Serán tan aburridas nuestras vidas cotidianas que las noticias catastróficas sólo sirven para poner un poco de emoción en ellas?
Esta mañana he visto un anuncio en el metro de Money Gram que me ha llamado la atención. Una foto del minarete de una mezquita venía acompañado del siguiente texto en árabe y francés: "Money Gram les desea un feliz mes del Ramadán". He tenido que retroceder sobre mis pasos para comprobar que era cierto lo que había leido: "feliz mes del Ramadán".
Hoy es mi cumpleaños. Comienza aquí mi último año como veinteañero. Dentro de 365 días (¿Son muchos? ¿Son pocos?) tendré 30 años y ya empezaré a ser un señor. Aunque, por otra parte, hoy en día se es joven hasta los 40, poco más o menos. Además, como dice la publicidad, no pesan los años, pesan los kilos.
Conforme uno crece van apareciendo temas de conversación recurrentes entre amigos y compañeros de generación. Se pasa del "¿Y tú qué vas a hacer? ¿Ciencias o letras?" al "¿Y tú qué vas a estudiar?", pasando por "No sé si me dará la nota de Selectividad". Después llegan "¿Dónde vas a hacer prácticas?", "¿Y en qué estás trabajando?", "¿Pero eso tiene algo que ver con lo que has estudiado?" y la divertida pregunta "Y el niño, ¿cuándo se casa?", a la que sigue la no menos divertida "Y los niños, ¿para cuando?", todo acompañado de originales metáforas referentes al tiempo de cocción del arroz. Con lo bueno que está el socarrat...
Anauel ya no trabaja aquí y se nota. Le echo de menos. Tendré que acostumbrarme a su ausencia.
Hoy tengo un día de estos en los que me iría a mi casa, me metería en la cama y esperaría a que llegara el viernes. Hoy tengo un día de estos en los que me sacan de quicio la ineficacia ajena y el verme escaso de recursos para controlar la situación. Me preguntan cosas absurdas una y otra vez, cosas que, en el fondo, ellos no saben y de las que yo tampoco he oido hablar en la vida, pero que sospecho que no existen. Y evidentemente, si hago preguntas absurdas, recibo respuestas más absurdas aun, y me veo envuelto en una espiral de llamadas telefónicas, faxes, archivos que no existen y secretarias inútiles.
Una de las razones, quizá la principal, por la que suelo defender a Jose Luis Garci es por su programa de La 2, "Qué grande es el cine". Gracias a este programa pude ver algunos de esos clásicos que todo cinéfilo debe de ver. Aun recuerdo esos años universitarios, las noches de lunes, tumbado en el sofá, luchando contra el sueño y viendo esos películas en rutilante blanco y negro. Hasta me tragaba la tertulia... en esos momento, ni siquiera podía imaginar que algunos de esos sesudos tertulianos serían profesores míos en la ECAM.
El cielo estaba casi despejado, la temperatura era agradable y, de repente, empezó a granizar. Caía pequeñas bolas de hielo que resonaban sobre los tejados, las ventanas y los coches. ¿De dónde venían? Apenas había nubes...
Aquí estoy, pasando la tarde en mi puesto de trabajo, haciendo guardia por si pasa algo. Pero no pasa nada, excepto el tiempo. Estoy escuchando el disco de grandes éxitos de Luigi Tenco que me compré en Roma. Sólo buscaba una canción, "Ciao Amore Ciao", pero los demás temas, baladas cantadas con una voz muy personal, dramática, me están gustando. Sí, lo reconozco, no había escuchando el disco hasta ahora. ¿Qué quien es Luigi Tenco? ¿Es que no prestáis atención a
Martes y trece. Después de unos días trabajando a medio gas, puedo decir que hoy comienza la actividad total. Como los niños, que ayer volvieron al colegio. ¿Las vacaciones? Un recuerdo ya lejano que se desvanece en el olvido...
Me sorprenden las imágenes de Nueva Orleans que aparecen en los informativos. Una ciudad arrasada, cientos de cadáveres, la masa entregada a los saqueos, la venganza de los pobres, territorio sin ley. No parecen imágenes de la primera potencia del planeta, me hacen pensar en las víctimas del tsunami, del terremoto de Bam, del huracán "Andrew". Si esto sucede en Estados Unidos, ¿cómo será la situación en otros puntos del globo? Evacúen la ciudad, pero, ¿a dónde puedes ir si no tienes dinero en un país donde el valor de una persona se mide en el número de ceros de su cuenta corriente?
¿Vacaciones? ¿Qué es eso? Ah, ese pequeño paréntesis en nuestras vidas en el que tratamos de vivir otra vida. Escapamos de nuestro domicilio habitual, de nuestros trabajos, de nuestras compañías habituales para irnos tan lejos como sea posible. Fugitivos condenados a volver. Y aquí estoy, yo también he vuelto a mi mesa, a mi ordenador, a mi rutina diaria.
Parecía que no iba a llegar nunca, pero aquí está: el último día de curro.
Todo llega. Dentro de cuatro días comienzan mis vacaciones. Y dentro de un mes estaré llegando a Estambul, después de haber atravesado Francia, Italia y Grecia. Y ya puestos, dentro de cinco meses estaremos celebrando la Navidad. A veces me gustaría volver a ser un niño para recuperar la sensación de que los años eran largos, muy largos. Ahora todo pasa demasiado rápido. Menos estos cuatro días, que se me van a hacer eternos.
A las siete de la mañana, Flauta ha comenzado a rondar de un extremo a otro de la habitación, inquieto. De un salto se ha subido a la mesilla de noche. El despertador se ha caido al suelo y yo he abierto mis ojos miopes. La suave luz del amanecer se colaba por las rendijas de la persiana y he podido ver al gato mirando fijamente la pared, moviendo la cola como un león acechando a su presa. He encendido la lámpara y me he puesto las gafas, pero no he visto nada especial. Pero Flauta seguía concentrado en la pared, nervioso, el depredador que hay dentro de él a flor de piel. Y entonces lo he visto.
Seis horas de cada veinticuatro las pasó delante de este monitor, descontando los veinte minutos de café con tostada de media mañana y los quince o menos que paso repartiendo correo. Llega un momento en que me aburro, pero a la vez no puedo separar los ojos de la pantalla, navegando de web en web en web. Podría escribir algo, leer el libro que llevo en el bolso, hasta podría llamar por teléfono. Pero no puedo. Sólo estoy aburrido.
Cuando llega el calor, los chicos se enamoran, es la brisa y el sol...
¿Querías venir con el
¡Nos vigilan! ¿Quienes? "Frías inteligencias desde el otro lado del abismo espacial, observando nuestro mundo con envidia". O algo así, que lo cito de memoria. El otro día vi "La guerra de los mundos". Impresionantes efectos especiales, una historia con toques bastantes oscuros, buenos momentos de suspense... pero muy poca emoción. Vamos, que los personajes son bastante estereotipados y sus conflictos, poco profundos. Y la escena final bordea con el sonrojo, pero, bueno, es muy de Spielberg.