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El blog de ace76

MADE IN ROMANIA: La canción del verano

MADE IN ROMANIA: La canción del verano

Hay canciones que consiguen llegar hasta lo más profundo de nuestra alma. Mi hermano habla en su blog de la grandeza de “Wish you were here”... Yo quiero hablar hoy de esas otras canciones no tan grandes, pero que terminan por hacerse protagonistas de nuestras vidas. ¿Cómo olvidar ese verano en el que bailamos el “Please don´t go”, de Double You? Era 1992 y España estaba de moda, con las Olimpiadas y la Expo. ¿Y el “What is love?”, de Haddaway? Yo iba a cumplir los 17 años y en mi viaje de estudios a Mallorca descubrí que las pistas de baile son universos con autonomía propia. Casi cada año tiene una canción para bailar que resulta memorable, desde el “Get it up” de Sensity World al “Desenchantée” de Kate Ryan, pasando por “Free from desire”, de Gala o “If you could read my mind”, de Stars of 54. Y no me puedo olvidar el verano de 2002 y la fiebre OT... Sólo necesito el aire que me das...

Hemos visto a los presidentes americanos bailar la “Macarena” (¿Bailar? Digamos mejor sacudirse de un lado a otro...). Hemos colocado a Las Ketchup en el número uno de las listas de ventas de medio mundo con su “Asereje”. Somos una potencia mundial en la producción de canciones absurdas, pero este año se nos han adelantado. Aun es primavera y ya está claro que la canción del verano va a ser “Dragostea Din Tei”, de O-Zone. La pregunta es, ¿qué extraño fenómeno hace que una canción de un grupo de jovencitos rumanos triunfe en toda Europa? Porque aquí la descubrieron, por orden de Vale Music, en “Crónicas Marcianas”... pero el Dragostea es, ahora mismo, número 1 en Francia y está en las listas de Italia, Noruega, Suecia, Austria... Lo que está claro es que la canción se pega y se pega, y además, da como buen rollito. Así que nada, habrá que empezar a aprender rumano.

Porque lo más divertido de todo es que nadie entiende lo que cantan estos chicos... ¡Todos juntos!

Ma-ia-hii
Ma-ia-huu
Ma-ia-hoo
Ma-ia-haa

Alo, salut, sunt eu, un haiduc,
Si te rog, iubirea mea, primeste fericirea.
Alo, alo, sunt eu Picasso,
Ti-am dat beep, si sunt voinic,
Dar sa stii nu-ti cer nimic.

Refrain:
Vrei sa pleci dar nu ma, nu ma iei,
Nu ma, nu ma iei, nu ma, nu ma, nu ma iei.
Chipul tau si dragostea din tei,
Mi-amintesc de ochii tai.

Te sun, sa-ti spun, ce simt acum,
Alo, iubirea mea, sunt eu, fericirea.
Alo, alo, sunt iarasi eu, Picasso,
Ti-am dat beep, si sunt voinic,
Dar sa stii nu-ti cer nimic.

(Refrain)

Ma-ia-hii
Ma-ia-huu
Ma-ia-hoo
Ma-ia-haa

Y por cortesía de Locusta, su traducción al español:

Ma-ia-hii Ma-ia-huu Ma-ia-hoo Ma-ia-haa (x5)

Hola, buenas, soy un "Robin Hood"
Amor mío toma la felicidad por favor
Hola, hola, soy un Picasso.
Te he dado un toque, y tengo valor
pero que sepas que no te pido nada

Quieres irte pero no me, no me llevas,
no me, no me llevas no me, no me, no me llevas,
tu cara y el amor bajo un árbol de tila
me recuerdan a tus ojos... (x2)

Te llamo, para decirte, lo que siento ahora,
Hola, amor mío, soy yo, la felicidad
Hola, hola, soy siempre yo, Picasso,
te he dado un toque, y tengo valor
pero que sepas que no te pido nada.

Quieres irte pero no me, no me llevas,
no me, no me llevas no me, no me, no me llevas,
tu cara y el amor bajo un árbol de tila
me recuerdan a tus ojos... (x2)

Ma-ia-hii Ma-ia-huu Ma-ia-hoo Ma-ia-haa (x4)

Quieres irte pero no me, no me llevas,
no me, no me llevas no me, no me, no me llevas,
tu cara y el amor bajo un árbol de tila
me recuerdan a tus ojos... (x2)

Y, sí, lo de “Ma-ia-hii” no tiene traducción... vamos, que es como “aserejé”, pero en rumano. Supongo que esto, en realidad, une más a Europa que el propio Euro.

PD: Y no dejéis de ver el videoclip... una de las obras maestras del arte kitsh, usease, de la Cultura Pop.

Quiero dar la bienvenida...

Quiero dar la bienvenida...

... a mi hermano, que acaba de abrir su blog. No dejéis de visitarlo. Acaba de empezar un debate sobre la mejor canción de todos los tiempos y la mejor película de todos los tiempos... con eso puede tener para años.

Parece que esto de crear blogs es contagioso. He leido por ahí que en España existen 5000 blogs. No me parecen muchos, la verdad. Pero aquí estamos nosotros poniendo nuestro granito de arena.

Y sí, las dos cosas que más miedo, repulsión, fobia me producen son los alienígenas y las setas. Lo de las setas es un trauma de la infancia, pero lo de los extraterrestres no termino de entenderlo... ¿Será por haber visto "E.T" cuando era un mocoso? ¿Sufrí una abducción y no lo recuerdo? ¿Tendré un implante metálico en la nuca? La verdad está ahí fuera... (por cierto, según una de las guías de "Expediente X", Fox Mulder nació el mismo día que yo. Es curioso esto de que tu cumpleaños coincida con el de un personaje de ficción).

¡Tengo logotipo!

¡Tengo logotipo!

Y todo gracias a Locusta, que me ha hecho un link en condiciones... Yo también aprenderé algún día, lo prometo. Entonces, me diseñaré mi propio logotipo... De momento, me quedo con éste, con Marlon Brando en "Salvaje". Porque, aunque no lo parezca, soy el Leader of the Pack. Dicen que vengo del lado equivocado del pueblo y me encontrarás en la tienda de caramelos...

...aunque yo prometo no estrellarme.

I don´t like mondays

I don´t like mondays

Ésta era una canción de los Boomtown Rats (el grupo de San Bob Geldolf, creador de Live Aid y Do they know it´s Christmas?). A ellos no les gustaban los lunes por algún atentado del IRA, creo recordar (oh, Sunday bloody Sunday... aunque Bono se haya disfrazado de diablo alguna vez, a él también se le ve el aura de santidad). En realidad, yo no les tengo demasiada manía a los lunes, pero me he acordado de la cancioncita...

¿Qué me encuentro al llegar a mi mesa y encender el ordenador? Que Manuel Alejo también ha abierto un blog... Ya se lo he dicho en un comentario, los blogs son el futuro, muerte a los foros. Internet se va llenando, poco a poco, de contenidos personales, aunque el 95% de ellos sean relativos al sexo, jejeje... (bueno, este porcentaje, como casi todos, es inventado). Pero tranquilos, yo no voy a hablar de sexo, de momento... Vaya, me temo que voy a perder a unos cuantos lectores.

He de confesar que este domingo NO vote... Me da rabia, porque siempre me ha gustado votar. No sé, es como elegir al rey y la reina del baile, ¿no? Y ya que en España no lo hacemos en nuestras fiestas de promoción, lo hacemos por motivos políticos... aunque yo creo que los ojos azules de Zapatero le han ayudado a conseguir algunos votos. Que la gente es muy frívola, en el fondo... yo también, aunque no lo parezca (Ahora me dirán que SÍ lo parezco). Porque, la verdad, he comenzado el blog con unos aires profundo-filosóficos que me sorprenden hasta a mí mismo.

Así que nada, espero que mi prometido artículo sobre Eurovisión, el festival de festivales, ponga el necesario contrapunto Pop (de cultura Pop, la de Warhol y Lichtenstein... el país no, el pintor. Yo, en el fondo, quiero ser un chico Jordi Labanda para luego renegar de ello), esencial para la vida.

Ale, nos seguimos leyendo.

ISTAMBUL IS NOT CONSTANTINOPLA (It´s Bizancio, maybe)

Esta canción bastante estúpida de They Might Be
Giants (Típico grupo del que uno nunca escuchana nada
pero cuyo nombre solía salir en las revistas para
entendidos. Eso sí, hicieron la canción de "Malcom in
the middle") me estuvo rondando por la cabeza durante
todo el viaje a Estambul. Ésa y una de Tarkan, "Salina
Salina Sinçine", aunque el descubrimiento
musical del viaje fue Sakis Rouvas (pero de Eurovision
ya hablaremos otro día). En fin, basta de
preámbulos... todo para explicar el título de esta
parrafada filoturca...

Hace poco tuve la suerte de volver a Estambul, la
ciudad más hermosa del mundo. Algunos se sorprendieron
de que volviera a un lugar donde ya he estado. Pero es
que hay sitios a los que se debe regresar, porque se
han convertido en una parte importante de nuestras
vidas... Poniéndome cursi, podría decir que en
Estambul hay un pedazo de mi alma, o que en mi alma
hay un pedazo de Estambul. En fin, lo que quiero es
compartir unas frases que escribí estando allí, un
fragmento de mi diario, el que escribo cada noche y
que muy pocas veces comparto.

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14 de mayo de 2004

He saldado una deuda pendiente con el pasado: he ido
al baño turco, al Haman. Ahora me siento con una piel
nueva, ligero, limpio, como en una nube. Ha tenido
algo de iniciático, como un bautismo. Es como ir más
allá, penetrar en el misterio, saborear la esencia de
Estambul. Es el placer, es el dolor, es el frío y el
calor, es un contraste, es la armonía en el
desequilibrio. Los extremos se tocan en esta ciudad.
Resulta lógico: aquí se encuentran dos continentes,
dos civilizaciones, dos maneras de entender el mundo.
Quizás los que estén perdidos; los que no están
centrados y, sin embargo, lo están; los que han
aprendido a vivir con un desgarro interno; los que
tienen dos caras que chocan y se enfrentan sin
vencedores ni vencidos; los que, en definitiva, son
como yo, equilibrados entre dos extremos... quizás
todos ellos se puedan encontrar mejor a sí mismos
aquí, en Estambul.

Esta ciudad es así, un mundo con dos caras, la pausada
y la que hierve. Del silencio de la Mezquita de
Solimán y su tumba, recogida, humilde pero solemne, a
la agitación sin freno de las tiendas del Gran Bazar.
Una marea humana llena la calles y mientras, el moecín
llama a la oración, ya no desde lo alto de un
minarete, pero como si lo hiciera. Dios en las alturas
y el hombre a ras de tierra establecen un diálogo
cinco veces al día. Aunque son pocos los que responden
(y entre los que responden, no todos han escuchado, o
han entendido lo que escuchan).

Pero Estambul tiene sus puntos de equilibrio. A la
sombra de la torre de Gálata hay una cafetería con una
terraza muy agradable. Sobre las mesas un porche, y
enroscada en el porche, una vid. Mi amiga Ana y yo
hemos tomado té allí, ayer y hoy. Hoy hemos hecho como
otros clientes, y hemos jugado al Backgammon. Parece
que es uno de los juegos típicos de esta zona (Jeffrey
Eugenides lo menciona en su estupenda novela
"Middlesex"), una combinación de azar y estrategia.
Todo es mezcla en Estambul, como los gatos callejeros,
con la piel cubierta de manchas. ¿Hay algo puro en
esta ciudad? Puede que la verdad, lo auténtico, esté
en el mezclar sin prejuicios, experimentar,
equivocarse y acertar.

PERSEIDAS

En el mes de Abril gané el Taller de Todo Relativo. Pensé que nunca lo iba a conseguir. Lo "malo" es que lo hice con un relato que no me termina de convencer. Eso sí, por una vez, hice una historia de amor con final feliz... incluso empalagoso.

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PERSEIDAS

Las noches de verano en Madrid son lentas y pegajosas. En los primeros días de agosto, cuando el termómetro supera los cuarenta grados, dormir se convierte en una tarea imposible, y lo único que apetece es darse una ducha fría detrás de otra. Pero aquella noche, solo en la azotea de su edificio, Carlos luchaba contra el sueño.

Se había subido una silla plegable, un termo con café y unos prismáticos. Desde que el sol se había puesto, Carlos miraba al cielo y esperaba. Pero ahora, pasadas las dos y media de la madrugada, sólo desesperaba. De pie, asomado a la barandilla, comprobaba que cada vez más gente pasa el verano en Madrid. Hace mucho tiempo que las noches de Madrid dejaron de ser oscuras. Los anuncios luminosos, las farolas, los focos de los coches, la contaminación... han borrado las estrellas. Y si en el cielo madrileño ya no brillan ni Sirio, ni Aldebarán, ni Antares, ¿cómo iba a poder ver las Perseidas?

Carlos recordaba los veranos de su infancia. No había pasado tanto tiempo, pero parecía ya algo muy lejano. Mientras sus compañeros de clase se tostaban en Salou, toda su familia -padres, abuelos, tíos, primos- se reunía en un pueblo del Pirineo. Por la noche, después de cenar, daban juntos un paseo por la carretera hasta las afueras, donde ya no llegaba la luz de las casas y la oscuridad era casi completa. Allí es donde descubrió los secretos del cielo. Su abuelo, catedrático de Química, profesor de instituto y astrónomo aficionado, les explicaba donde estaba la constelación de Casiopea, cómo encontrar la Polar o cuál era el origen del nombre de Vega, estrella situada en la constelación de la Lira. Pero nada igualaba la sensación de contemplar, durante un brevísimo instante, el destello de una estrella fugaz, relativamente frecuentes en esa época del año. Durante la corta etapa de su vida en la que Carlos quiso ser astrónomo, aprendió que los científicos llaman Perseidas a esa lluvia de estrellas que siempre se da a principios de agosto, ya que parecen provenir de la constelación de Perseo. En realidad, es un fenómeno que ocurre cuando la Tierra entra en la órbita del cometa Swift-Tuttle y los restos que éste ha dejado en el espacio chocan con la atmósfera de nuestro planeta.

Carlos tuvo suerte, porque una mala experiencia con una profesora de Física en el bachillerato le hizo replantearse su futuro profesional y así se evitó la desilusión que siempre espera a los que pretenden convertir una pasión en su oficio. Finalmente, estudió Sociología y la Astronomía permaneció como uno de sus pequeños placeres, por mucho que el cielo anaranjado de Madrid se lo impidiera en ocasiones como aquella. Carlos estaba triste, había imaginado una noche muy distinta. Había esperado ver algunas estrellas fugaces, y, sobre todo había esperado verlas junto a David. Pero su única compañía era una luna en cuarto creciente que desde lo alto parecía reírse de él. O, al menos, así lo sentía Carlos.

-Buenas noches, escuchó a su espalda.

Carlos se volvió, un tanto sobresaltado. Uno de sus vecinos, un hombre de su edad con el que alguna vez había cruzado un par de palabras en el ascensor, acababa de entrar en la terraza.

-Buenas noches, respondió Carlos.

El vecino se acercó hasta el borde de la azotea y encendió un cigarrillo. Le ofreció uno a Carlos, pero éste lo rechazó con un gesto.

-¿Carlos, verdad?
-Sí, tú eres...
-Alberto.
-Es verdad. No me acordaba, perdona.
-¿Qué estás haciendo aquí? ¿A ti tampoco te deja dormir el calor?

Alberto se lo preguntó con una sonrisa simpática, pero Carlos se sintió un tanto incómodo. Aunque esa sensación de ser un bicho raro era habitual en él.

-He subido a ver las estrellas.
-¿Las estrellas?

Alberto miró hacia el cielo y, por supuesto, no vio nada que mereciera la pena.

-No veo nada.
-La contaminación lumínica.
-¿Perdona?
-Las luces... la ciudad está llena de luces, no dejan ver el cielo. Una pena. En estos días se suelen ver muchas estrellas fugaces, las Perseidas. Esperaba ver alguna.
-Sí, lo he escuchado en el telediario. Han dicho que será una de las lluvias de estrellas más espectaculares del siglo. -Alberto volvió a mirar hacia arriba-.Yo nunca he visto una estrella fugaz.
-Yo sí, cuando era pequeño. En mi pueblo.
-¿Y pedías un deseo?
-No, que va. Eso son chorradas de las películas.

Alberto apagó el cigarrillo para, a continuación, encender otro.

-Tengo que aprovechar la ocasión, mi mujer no me deja fumar en casa. No podía dormir y me he venido aquí, al fresco... Aunque no hay fresco.
-No hay fresco, no hay estrellas. No tenemos suerte.
-Parece que no.

Alberto permaneció pensativo unos instantes. Carlos se fijó en como el humo azulado del cigarrillo se deshacía en el aire. David fumaba esa misma marca de cigarrillos, Carlos reconocía el aroma a tabaco rubio.

-Mi mujer está embarazada.
-Entonces alguno sí que tiene suerte.
-No es mío.
-No es tuyo...
-No.

Carlos se quedó mudo, no sabía como reaccionar ante una confidencia como ésa.

-Es de un amante, un rollo que ha tenido. Y que ya se ha acabado. Pero se quedó embarazada. Ella me lo contó todo.
-¿Y qué vas a hacer?
-¿Qué voy a hacer? Lo que he hecho, perdonarla. Ella me quiere, yo la quiero. Y ese niño no tiene la culpa de que nosotros cometamos errores...
-Yo no podría.

No, Carlos no podría. De hecho, no había podido. Aun recordaba la rabia que había sentido cuando, hacía unas pocas semanas, había vuelto a casa antes de su hora acostumbrada. En la cama encontró a David con un amigo de los dos. Estaban desnudos y se reían. Lo que pasó después lo recordaba de manera confusa. Hubo gritos, hubo recriminaciones, hubo rencor. Lo que sí se le había quedado grabado en el cerebro era la canción de OBK que sonaba en ese momento en la radio. Quiero esas luces para bailar que el mundo sepa que somos dos quiéreme otra vez que ya no sé que hacer.

-Si a mí me lo hubieran contado de otro, también habría dicho eso. Mira, durante un momento pensé en dejarla. Pero me di cuenta de que la quiero demasiado... El orgullo no es un buen consejero en los asuntos de amor –Alberto hizo una breve pausa- Oye, creo que he visto una estrella fugaz. ¿La has visto?
-No.

Carlos estaba mirando al suelo en ese momento, pensativo. Alberto apagó su segundo cigarrillo.

-Bueno, Carlos, yo me vuelvo a la cama. Que tengas suerte.
-Gracias.
-Buenas noches.

Carlos volvió a quedarse solo en la azotea. Miró al cielo con nostalgia por las estrellas, por su infancia, por David, por los tiempos en los que todo parecía fácil. Perdido en sus recuerdos, no escuchó como la puerta que daba a la terraza volvía a abrirse.

-Hola.

Carlos giró la cabeza y le vio, pero no se movió. El cuerpo le pedía darle la espalda al recién llegado. David se acercó hasta la barandilla, colocándose a la altura de Carlos. No se hablaron en varios minutos. Fue David el que se atrevió a romper el silencio.

-No sabía si venir, pero hoy teníamos una cita...

Con un gesto, Carlos le hizo callar. Acababa de ver una estrella fugaz. Y luego otra, y otra, y otra. Las Perseidas llenaron el cielo de estelas de luz, de un brillo efímero pero que persistía en la retina tiempo después de apagarse. David estaba absorto, cautivado por uno de los espectáculos naturales más bellos que existen. Sin que el que había sido su novio se diera cuenta, Carlos lo miró. Y por primera vez desde hacía semanas, se sintió feliz.

RECOMENZANDO

Hola a todos. Ya he distribuido la dirección de este blog entre algunas personas selectas. Espero vuestras visitas y vuestras opiniones.

Como veis, llevaba varias semanas sin actualizar este diario cibernético. Mayo ha sido un mes bastante intenso. En primer lugar, hice realidad un sueño: volver a Estambul. Fue con motivo del Festival de Eurovisión. Próximamente, hablaré de ambas cosas, de la ciudad dividida entre dos continentes y del evento musical más importante de Europa (sí, sí, pese a quien pese, ningún festival tiene tantos seguidores en el continente como Eurovisión. Temblad, Benicassim, Sonar, Festimad y demás…).

Pero también hice realidad un segundo sueño: cambiar de trabajo. El 1 de junio comencé a trabajar como Asistente de Diputado para el Grupo Parlamentario Socialista. Aquí estoy, tecleando estas palabras en el corazón político del país… Y la verdad, no estoy echando demasiado de menos mi antiguo trabajo, salvo a algunas personas. Bueno, también os hablaré de mis aventuras en el Congreso…

Siempre he dicho que basta un segundo para que tu vida cambie… Mayo ha tenido muchos segundos de estos.

Mi hermano critica: LA CASA AZUL

El otro día mi hermano me mandó este mail comentándome un concierto de La Casa Azul, un grupo español muy poppy. Aunque yo me he comprado su disco, estoy bastante de acuerdo con él. Para los amigos del Kazaa, recomiendo dos canciones: "Superguay" y "El sol no brillará ya nunca más".

Esta es la crónica de mi hermano, yo la encuentro divertida:

Ayer estuve viendo en la cafeteria de la universidad a Guille MilkyWay cantando las canciones de La Casa Azul... ¿Exactamente cual es la paranoia de este tipo? ¿El es todo el grupo? ¿O hace canciones para el grupo? He recibido versiones contrapuestas sobre este hecho...

En cuanto a la musica.... esta bien para un rato, pero oir un disco entero de este chaval... tiene merito, tipo los Cds de Ellos, Eminem u OT... Me acabo rayando tanto ninonino y ñoñopop, aunque cuando el tipo se ponia a tocar solo el piano y se dejaba de chorradicas pregrabadas y ritmitos superguachis de la muerte se notaba que habia un buen artista detras de tanta piruleta y tanto lacito rosa...

Además, el tio actuaba como si fuera su primer concierto "Siento estar molestando a los que estan tomando cafe..." "...Si ya me da vergüenza tocar, ahora que me pongo al piano y viene el momento super ñoño aun mas..." "...bueno, ya la ultima, si, si, la ultima, que lo estoy pasando fatal..." Y cosas asi.

MOMENTO DE DESAHOGO (1)

Llega un momento en que escribir agota. Estoy haciendo un reportaje sobre la costa de Vizcaya, con lugares que me traen muy buenos recuerdos, como Plentzia, Bermeo o Guernica. Sin embargo, cuando uno lleva horas delante de la pantalla del ordenador, el cerebro parece secarse.

Una de las ideas que tengo de este weblog es convertirlo en un lugar para desahogarme. Escribir cuatro frases sueltas y relajarme un poco. Me imagino que éste el principal problema de todos los trabajos: el desgaste, esta sensación de estar desaprovechando el tiempo, las ganas de levantarse de la silla y salir a la calle para respirar aire fresco. En fin, todo pasa por convertir estos minutos vacíos de contenido en algo provechoso. Leer el periódico, alguna revista, consultar alguna información por Internet... charlar con los compañeros... Hay tantas cosas que hacer.

(Tengo pensado presentar algo para dos concursos de guiones de cortometrajes... ¿seré capaz?)

DOCE

Este año me ha apuntado a un taller de escritura. El eje del curso era el relato breve. Me ha venido muy bien para desengrasarme un poco, porque hacía bastante tiempo que no escribía con regularidad. Todos los años, el taller publica un libro con cuentos de los alumnos, que este año, por ser su undécimo aniversario, tenían que girar en torno al número once (aunque no era obligatorio cumplir este requisito). Éste es el que yo he presentado: mi primera publicación.

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DOCE

Juan sabía que el número once era diferente a todos los demás. Cuando era pequeño, se dio cuenta de que ese número que ya no podía contarse con los dedos de las manos tenía algo de misterioso, de enigmático, de fascinante. En el parvulario siempre contaban hasta diez, y lo mismo hacían en Barrio Sésamo, como si el once fuera una barrera infranqueable, un muro que separaba el mundo de los niños y el de los mayores. Por eso, Juan comenzó a sentirse más responsable, más maduro y hasta más alto, cuando, por fin, en su libro de Matemáticas apareció el número once. Después llegaron el doce, el trece, el catorce, el trescientos quince y unos seguidos de infinidad de ceros, números enteros, cardinales, ordinales e incluso imaginarios, raíces cuadradas y polinomios... Pero ninguno tenía el componente mágico del número once, el primer número de la edad adulta.

Pasaron los años y Juan no se extrañó de que fuera once el día en que dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas. No lo cronometró, pero tampoco le hubiera extrañado que los rascacielos se hubieron desplomado en, exactamente, once segundos. Porque Juan sabía que los acontecimientos fundamentales de la vida nunca tardan más de once segundos en suceder. Nacer, enamorarse, morir, descubrir que los Reyes Magos son los padres, el placer del primer orgasmo, echar demasiada sal a la salsa napolitana, romper aquel juguete que conservábamos desde la infancia o arruinarse en la Bolsa, todo esto ocurría en menos de once segundos, pero sus consecuencias duraban para siempre. Juan sólo admitía una excepción: olvidar. Eso sí que llevaba tiempo, quizás once años u once vidas.

Juan se tenía por un hombre consecuente con sus principios y adoptó la costumbre de contar hasta once cada vez que se encontraba frente a una situación a la que podríamos considerar "clave". Once instantes eran suficiente para tomar la decisión correcta o para que las cosas se solucionaran por sí mismas. Muchas veces le sobraban instantes, pero nunca le faltaron (menos para olvidar, ya lo hemos dicho).

Aquella tarde, Juan sí que tuvo que contar hasta once. Once segundos antes, había abandonado el local una chica con los ojos enrojecidos y ganas de hacerse invisible. Juan la había observado, con demasiado disimulo, mientras tomaba un café con leche condensada, su favorito, en una cafetería del centro de Madrid, su favorita. Ese mismo lugar había escogido un hombre no demasiado listo para dejar a su novia. La ruptura fue seca y demoledora. El hombre se fue con la cabeza bien alta y ella se quedó llorando, silenciosa, dulcemente tímida, casi con vergüenza, mientras en la taza su café se enfriaba. Juan no tardó en sentir que se estaba enamorando de aquellas lágrimas. Por eso, cuando ella se fue, contó hasta once y salió a la calle.

No tardó en descubrirla entre la gente, unos metros por delante de él. Juan la siguió por las calles, manteniendo una distancia más que prudencial. Ella no le vio, pero él no la perdió de vista ni un solo momento. Paso a paso, Juan se daba cuenta de que no sólo estaba enamorado de aquellas lágrimas, sino también de esa melena negra, de esos brazos, de esas piernas, de ese aire de serena melancolía que dejaba a su paso. Cuando ella, finalmente, se sentó en un banco de un parque cubierto de hojas secas, Juan llegó a la conclusión de que esa mujer era la mujer de su vida.

Sí, Juan era un romántico incurable (sólo un romántico es capaz de descubrir magia en donde los demás sólo ven una cifra, un número o un guarismo, según su pedantería). Al día siguiente volvió a sentarse en la misma mesa de la misma cafetería y, como no, pidió su favorito: un café con leche condensada. Ella también estaba allí, en la misma mesa, con el mismo abrigo rojo apoyado en el respaldo de la misma silla, pero esa tarde no había lágrimas. Ella parecía absorta en sus pensamientos, quizás perdida en sus recuerdos, y sólo esbozó una sonrisa, casi imperceptible, en el momento en que se levantó para ponerse su abrigo. Juan contó hasta once y fue tras ella. Volvió a seguirla por las calles, descubriendo nuevos detalles en aquella figura familiar y desconocida. Y como el día anterior, el paseo terminó en un parque de árboles con las ramas desnudas. Con miedo a ser descubierto, y a la vez deseándolo, Juan volvió a su casa.

Este ritual se repitió, invariablemente, durante los días siguientes (¿Cuántos fueron? No lo sabemos, pero a Juan le habría gustado que fueran once). La misma cafetería, la misma mesa, el mismo café con leche condensada, contar hasta once y caminar a través de las mismas calles hasta el mismo banco del mismo parque del mismo otoño. Y allí era donde Juan, quien no sólo era un romántico sino un tímido incurable, ponía fin a esta persecución.

Y así podrían haber seguido durante once días, once semanas, once meses, once años u once siglos. Fue ella la que rompió las reglas del juego. Una tarde, en la cafetería, ella le miró, y durante un fugaz momento, ambos se contemplaron en silencio. Pero, salvo que el corazón de Juan comenzó a latir más deprisa, no pasó nada. Ella se fue, como siempre, y Juan, después de contar hasta once, salió tras ella, como siempre.

El parque dejaba de ser otoñal para convertirse en invernal. Juan, escondido entre los árboles, la observaba. Ella solía permanecer sentada sin hacer otra cosa que contemplar como nadaban los patos en el estanque. Los miraba en silencio, sin moverse, mientras pensaba, recordaba, imaginaba, soñaba o, quizás, esperaba. Pero esa tarde era distinta, esa tarde ella dejó un sobre en el banco y se fue. Juan no sabía que hacer, así que contó hasta once y decidió que la carta era para él. Y en efecto, en el sobre estaba escrito, en letras mayúsculas, "PARA TI". Juan rasgó el papel. Dentro, un único folio. Y en él, una única palabra: "Acércate"

Al día siguiente, Juan se atrevió a obedecer. Recorrió la distancia que le separaba del banco y se sentó junto a ella. Nunca habían estado tan cerca. Sin pensar, sin hablar, mirando sin mirar los patos que chapoteaban frente a él, la cabeza de Juan contó del uno al dos, y del dos al tres, y del tres al cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. Y once. Y entonces se giró hacia la mujer de su vida.

-Doce, dijo ella, mirándole con una sonrisa.

DOS, TRES O MÁS PASOS EN FALSO

Mi amigo Jotas creo la página web TodoRelativo (ya no está operativa) y puso en marcha un taller de escritura virtual, que sigue vivo y con muy buena salud. Llevo varios meses participando en cada convocatoria, con mayor o menor fortuna. Éste es el relato del que, hasta la fecha, estoy más orgulloso. Lo que más me sorprende es que lo escribí, prácticamente, de un tirón. ¿Será verdad lo que cuentan de la inspiración?

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DOS, TRES O MÁS PASOS EN FALSO

La sala de espera de la estación de tren, pequeña, vacía y sucia, estaba mal iluminada por unos temblorosos tubos fluorescentes. Con cuarenta años que parecían cincuenta, abrigo y maleta, el hombre esperaba sentado en uno de los asientos de plástico gastado que jalonaban las paredes acristaladas de la habitación. Tras las ventanas, el andén estaba desierto y oscuro. El hombre no hacía nada, ni leía, ni fumaba, ni sonreía. Sólo esperaba.

Una mujer de unos treinta y cinco años, guapa, intensamente guapa, entró en la sala. Parecía agitada, como si hubiera hecho una larga carrera hasta allí. La mujer miró al hombre y éste le devolvió la mirada. Sus ojos no expresaban emoción alguna. Ella, sin embargo, parecía nerviosa y asustada, pero también aliviada. Incluso contenta. Pero de una manera muy sutil. Lentamente, Adela atravesó la sala y se sentó junto al hombre. Ambos permanecieron en silencio durante largos segundos.

-Te he encontrado, dijo ella.
-No deberías haberlo hecho.

Él seguía sin manifestar ninguna emoción. Ella volvió a quedarse en silencio durante unos segundos. Se fijó en la maleta que el hombre tenía frente a sí, sobre el suelo de baldosa.

-No te has llevado tus libros.
-No los quiero. Quédatelos.
-Yo tampoco los quiero.
-Pues tíralos. O quémalos. Regálalos. O véndelos, lo que más te apetezca. Siempre has hecho lo que más te apetece.
-Eso no es verdad. Y tú lo sabes.

Él no respondió. Adela se mantenía tranquila, calmada, dominando el miedo que comenzaba a nacer en su interior. Las respuestas de Diego la sorprendían más que irritaban, Él nunca se había comportado así antes, su talante se había transformado rápidamente en los últimos días, hasta desembocar en esa escapada nocturna. Ella había vuelto a casa y él no estaba. Así de simple. Así de complicado.

-Tampoco te has llevado tus papeles.
-Esta conversación nunca debería haber tenido lugar.
-No te entiendo.
-El tren se ha retrasado. En estos momentos, yo debería estar en mi vagón, y no hablando contigo. No tengo nada que decirte.
-¿A dónde vas?
-A cualquier sitio, pero lejos de ti.

Él la miro. Ella sintió un escalofrío en el alma. En los ojos de Diego no había nada. Ni amor, ni odio. Sólo vacío. Tuvo ganas de gritar, pero se contuvo. Ella era fuerte, inteligente, no tenía miedo. Había sabido penetrar el muro en el que Diego se protegía, aquel falso disfraz de escritor maldito. Ahora también lo conseguiría.

-He estado mirando tus papeles. Has terminado la novela. La he leído. Es tu mejor obra.
-Te equivocas. No es mi mejor obra. Ni siquiera es mía, es tuya.
-Mía.
-No soy yo quien ha escrito eso, yo no soy así. Yo no soy el que me has hecho ser. Por eso me voy.

Diego hablaba con firmeza, seguro de sí mismo. No le importaba hacer daño a Adela. Quería hacerle daño. Aquel fastidioso tren retrasado le regalaba la oportunidad de vengarse. Aunque ella no lo mereciera. Aunque después sintiese tanto asco que no pudiera reprimir las ganas de vomitar.

-Entraste en mi vida sin que yo te lo pidiera. Te instalaste en mi casa como un ángel salvador. Te diste para rescatarme. Y lo conseguiste, me rescataste, ¿para qué?
-¿No has sido feliz?
-¿Tú lo has sido?
-Yo he sido feliz, y sé que sabido hacerte feliz. Es más, sé que lo has sido.
-Nunca lo negaré. He sido feliz a tu lado. Podría seguir siendo feliz a tu lado. Pero no quiero.
-Sé que volverás.
-No sé adonde voy ni qué haré. Pero si sé que no volveré.

Un tren se acercaba a la estación.

-Me iré contigo, te seguiré, me pegaré a ti.
-Y yo me iré, siempre me iré.

El tren estaba cada vez más cerca.

-Entonces me tiraré a las vías, sabes que soy capaz.

Adela se levantó y echó a correr hacia la puerta. Esperaba sentir la mano de Diego en su brazo, agarrándola con fuerza. Pero la mano no llegó. Adela se detuvo en el umbral. El tren atravesó la estación como un ruidoso y veloz haz de luz. Adela se volvió: Diego se había levantado del asiento y la miraba, quizás con desprecio, quizás con odio.

-Sabía que no lo harías. Nunca soportaste el melodrama.

Adela volvió a sentir ganas de llorar, pero se reprimió. No, aquel hombre no merecía una sola lágrima. Y nunca le perdonaría el haberla llevado a portarse de una forma tan ridícula, tan humillante.

-Yo te amaba, Diego.
-Tú me amabas, yo te amaba. Nos queríamos. Pero mataste al escritor. Mi novela no tiene alma, está anestesiada, sepultada de felicidad.
-Comprendo.
-Yo quiero rescatar al escritor, recuperar mi alma. Aunque me vuelva a perder en el intento.

Adela y Diego se miraron como si nunca se hubieran conocido. No, ya no había amor entre ellos. Diego había conseguido su objetivo, había recuperado su libertad y había liberado a Adela. Por una vez, el escritor maldito tuvo la última palabra.

-Perdóname.

Adela no respondió. Sólo se acercó hasta el hombre por el que había desperdiciado dos años de su vida y le dio un suave beso en la mejilla. Y sin más, se fue. Diego esperó dos horas más, se subió a un tren y no volvió a verla. Adela regresó a casa y rompió en diminutos pedazos cada página de la mejor novela que Diego escribiría nunca.

Dar el primer paso

Siempre he pensado que lo más difícil es comenzar. Tomar la decisión de hacer algo es una cosa, hacerlo de verdad, es otra. Esta tarde he leido un artículo en El País Semanal sobre weblogs. No me ha costado mucho hacer esta página. En esta ocasión, el primer paso ha sido sencillo. El único problema es que el primer paso conlleva el último... y todos los que llevan de uno al otro.

Son estos pasos los que me preocupan. Proyectos, ideas y propósitos para rellenar este diario cibernético no me faltan. Sólo espero tener constancia para hacerlos realidad. Y hacerlos bien.

¿Quiénes serán mis lectores? ¿Cuál es el futuro de este rincón de la red? Es como lanzar una botella con un mensaje al mar. Soy un náufrago en las autopistas de la información... Curioso.